01-VIII-2010. Benito Urraburu. San Sebastián
Los 'niños' siguen creciendo, se hacen mayores. Luis León Sánchez hace mucho tiempo que dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad.
El chavalito que conociese el Tour de Francia en 2005, junto a Alberto Contador, que ha ido escalando los peldaños del triunfo, de la fama con paso firme, seguro, conseguía una de esas victorias que resultan balsámicas, que llevan implícitas muchas preguntas y algunas respuestas.
Es uno de esos corredores que puede tocar desde su bicicleta varios registros como corredor.
Su hermano Pedro León está de pretemporada con el Real Madrid, en Los Ángeles (Estados Unidos). Él vencía en San Sebastián y volvía a lanzar los brazos con los puños cerrados al aire. Primero los dos, luego uno. Siempre con el mismo nombre detrás: su hermano León León, que falleció hace unos años en un accidente de quad.
Todos los goles que ha logrado Pedro, todos los triunfos que consiga Luis tendrán el mismo destinatario. Decía Luis León que se había formado como ciclista en Euskadi. Le faltó decir que los viajes desde Murcia los hacía con su hermano León, que era quien conducía el coche hasta Torrelavega, donde se alojaban.
Ganaba él pero también lo hacía por «mis compañeros, los mecánicos, los masajistas, por el equipo, a ver sí podemos seguir todos juntos»
Él tiene su futuro solucionado. Cuenta con ofertas, muy buenas, de varios equipos, pero tuvo la decencia de acordarse de quienes ayer trabajaron para llevarle en bandeja hasta pie de Jaizkibel para que luego pudiese rematar ese trabajo.
Ya saben, los que se comen el polvo, los kilómetros de la basura.
Ajustó cuentas con la vida en una carrera de ensueño en la que vimos escapadas que se observan en muy contadas ocasiones, en la que Jaizkibel resultó una fiesta de colores, de banderas, de alegría y de ciclismo.
El trabajo de demolición que se había iniciado en la primera subida nos dejaba en la segunda ascensión, cuando Juanma Garate, Iván Gutiérrez y Gorka Verdugo caían rendidos por el empuje del grupo de los elegidos, en una de esas escapadas en las que conviene frotarse los ojos para comprobar que es cierta.
Nicolás Roche, 'Purito' Rodríguez, Samuel Sánchez y Alexandre Vinokourov, a los que se les uniría Carlos Sastre, reventaban las emociones de los aficionados. Por sí eso fuese poco quedaba más por ver: Robert Gesink, Ryder Hesjedal, Javier Moreno, Luis León Sánchez, Haimar Zubeldia y Richie Porte se les unirían. Zubeldía sería cuarto.
Comenzaba a gestarse el principio del fin. Luis León Sánchez atacaría antes de llegar al alto. Con él se irían Alexandre Vinokourov y Carlos Sastre. La carrera, todo un éxito con el nuevo recorrido, estaba centrada, marcada. Sastre demostraba profesionalidad, ganas de competir y también inteligencia.
Sabía que era más lento que sus dos compañeros, que sí llegaban los tres iba a ser tercero. Se arriesgó y ganó. No la carrera, pero sí se reconcilió con él mismo, con los padecimientos del Tour, con las caídas del Giro. Ser tercero para el ganador del Tour de 2008 significa tanto como el triunfo de Luis León.
Sastre se quedó en el repecho de Miracruz, pero enlazaría con Vinokourov y Luis León cuando quedaba menos de un kilómetro para la llegada.
Vinokourov, que fue compañero de Luis León Sánchez en el Liberty, se la jugó. No pudo descolgar al murciano que le ganaría en el Boulevard. El kazajo demostró también su profesionalidad. Busca, y encuentra, el tiempo perdido por su sanción. Es un ciclista siempre lanzado al ataque, que no se desanima. Sabe que las carreras son una ruleta rusa, tanto las de ciclismo como la de la vida, y que sí se busca la fortuna esta puede llegar. La Clásica estrenó nuevas ilusiones en una prueba para recordar que se convirtió en la mejor edición que se ha visto en las carreteras guipuzcoanas desde hace años.
Jaizkibel no es una montaña que asuste a los ciclistas. No lo es al menos que la velocidad y dos pasadas por su cumbre ofrezcan el desgaste suficiente.
Y eso es lo que pasó ayer. Que se rodó a una media de 40,436 kilómetros por hora, que en las tres primeras horas de carrera la media se fue a los 41 kilómetros por hora y cuando llegó la segunda subida, las piernas de muchos ciclistas se bloquearon.
Fue suficiente para que diez corredores estuviesen en menos de un minuto, para permitir que los más fuertes pudiesen dar rienda suelta a sus posibilidades, sin que les faltase puerto. Nunca la diferencia entre los tres escapados y sus perseguidores superó el medio minuto. Tiempo más que suficente para poder llegar a la meta, ese lugar que se ve de forma muy distinta si se gana o se pierde. Es una línea muy fina donde se pasa de la alegría al llanto o la decepción en décimas de segundo.
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Información previa sobre la Clásica de Donostia y retransmisión en directo.