Presente contra futuro

Irizar y Aranburu transmiten una ilusión en la que me veo reflejado. Apuntaba los números de dorsal de los corredores que no conocía para aprender quiénes eran

TXOMIN PERURENA

La lectura de la entrevista a los guipuzcoanos Alex Aranburu y Julen Irizar me trae a la cabeza la ilusión por demostrar tan propia de la juventud. Son el futuro de nuestro deporte. Contrasta con el presente que van a encontrar en su estreno en la Clásica, personificado fundamentalmente en los corredores que llegan del Tour de Francia y entre los que distinguiría a dos tipos. Los verdaderos candidatos a la victoria en el Boulevard son los que vienen a Donostia con ambición y bien cuidados a lo largo de la semana. No digo con eso que se hayan entrenado a tope estos días porque no les hace falta. Por mucho interés que le pongan y por bien preparados que se presenten en la línea de salida, Aranburu e Irizar lo tendrán complicado ante ellos. En cambio, quienes se hayan descuidado y acudan a cumplir el trámite estarán lejos de las posiciones de cabeza. Establecer antes de darse la salida quién está en cada grupo es como lanzar la moneda y esperar que salga cara o cruz.

Apuntaba el número de dorsal y miraba en la lista oficial

Me veo representado en Aranburu e Irizar. Mi primer año de profesional, 1966, una de mis obsesiones en las carreras era apuntar el dorsal de los corredores a los que no conocía para mirar después en la lista oficial y saber quiénes eran. Claro, no les iba a preguntar por el nombre en plena carrera... Conocía a muchos de verles desde la cuneta o en las fotografías de los periódicos y de las revistas. Pero no a todos. Como decía el conocido juez árbitro Baztarrika, «al ciclista hay que conocerle por el culo». Sin ayuda tecnológica como la de hoy en día, no era fácil distinguir a unos de otros, sobre todo en las llegadas al sprint. Mandaba el estilo.

Alaphilippe, Roglic, Martin, los Izagirre, Fraile, Nieve...

Julian Alaphilippe siempre figura en la lista de favoritos. Porque sus condiciones, parecidas a las del ausente Valverde, se adecúan a recorridos como el de la Clásica de San Sebastián, porque posee punta de velocidad, porque viene de completar un gran Tour... Veremos qué actitud trae. Sabemos que Roglic ha estado en Gros. Supongo que para algo más que tomar el sol. Ojo a Dan Martin, especialista en este tipo de trazados. Van Avermaet, víctima de una desgraciada caída en la subida hacia Igeldo hace unos años, debe ser otro candidato serio. Como los hermanos Izagirre, quienes buscarán marcar gol tras pegar varios postes en Francia. Tampoco descarto la opción de Omar Fraile, el santurtziarra. Ni la de un Mikel Nieve que en esta ocasión no deberá estar pendiente de los compañeros. Sabemos que Caja Rural-RGA, Euskadi-Murias y Burgos-BH serán protagonistas hasta donde lleguen. Garantizan que no habrá tregua y que nadie podrá permanecer de brazos cruzados. Ese papel también es importante para la carrera.

La temida barrera de los 200 kilómetros

La Clásica, que se decidirá a buen seguro en la ascensión a Murgil Bidea y el posterior descenso de Igeldo, tiene 228 kilómetros, distancia respetable. Siempre que carezca del fondo necesario, el organismo del ciclista no responde igual por encima de la barrera de los 200. Disputé mi primer Mundial de fondo en ruta en 1966, en Nürburgring. Andábamos como motos en las carreras previas. Fui de maravilla hasta los 160-180 kilómetros. Llegaron los 200 y el primero que se dirigió a los boxes fui yo. Me quedé vacío, sin fuerzas. Llegó la siguiente vuelta y retirada de otros dos españolitos. Un giro más y tres al garaje. ¿Sabes cuántos componentes de la selección acabaron? Ninguno. No habíamos hecho la preparación adecuada. Otro año, con Fagor, no fuimos al Tour y pasé todo el mes de julio corriendo kermeses en Bélgica. Nos vinieron bien para el Mundial, que era en agosto. Quien piense que son una fiesta, que vaya y pruebe.

 

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