Un boulevard de París

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

Los grandes Boulevares de París terminan en la playa de La Concha, junto al carrusel. Beaumarchais, Filles-du-Calvaire, Poissonnière, Montmartre, Italiens, Capucines, Madeleine... y el Boulevard de Donostia, al sur de los Campos Elíseos donde se coronó Egan Bernal hace seis días. Donostia siempre creyéndose París, hoy es París. Con un maillot amarillo y el primero de los mosqueteros, Julian Alaphilippe, de nuevo frente a frente.

La participación de la Clásica más que de Boulevard es de plaza Vendôme, kilómetro cero del lujo. El campeón del mundo, uno que se llama Alejandro Valverde y puede ganar, pasa casi desapercibido. Nunca el Tour había desembarcado con toda su aristocracia en Donostia.

Una meta parisina en el Boulevard. Lo último que vieron los ciclistas en el Tour fue el carrusel del jardín de las Tullerías, otro carrusel les espera al final de la carrera de hoy. ¿París, otra vez?

La Clásica se presenta como un desfile de alta costura, seda y joyas únicas, pero no estaría mal que en un cruce tomase un camino propio y enfilase por los bulevares canallas de París, que los hay. Como el Boulevard Buin de la petite blonde a la que canta Manu Chao. El coche de policía, a dónde vas, no sé, quién eres, no sé nada.

Y la petite blonde resulta ser Annemiek van Vleuten que ataca en Murgil y se lleva a su rueda a Ane Santesteban, que conoce la carretera porque es suya, que podría subirla con los ojos cerrados o a medianoche. Minuit, Boulevard Brune. Y se van las dos y suben más rápido que Alaphilippe y ganan y le quitan el sitio en el carrusel de Alderdi Eder al francés, primer favorito para ganar.

En una ciudad como Donostia, de avenidas, soportales, piedra arenisca, playas de Costa Azul y señoras con pendientes de perlas, la Clásica se va a decidir a cara de perro en caminos entre caseríos. Una txapela para el ganador. Van Vleuten, la holandesa número uno del mundo, viene solo por eso. Por la txapela. Tiene todos los trofeos, le falta ese. No puede faltarle. Cien mil euros en premios en Londres o una txapela en el Boulevard más al sur de París. No hay color.