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La Clásica San Sebastián de 1992 es recordada por los aficionados guipuzcoanos por muchos motivos. La primera imagen que viene a la mente del seguidor al recordar esa edición es la del mexicano Raúl Alcalá (Monterrey, México, 58 años) entrando en la meta del Boulevard como si fuera de noche por la espectacular, inolvidable y probablemente irrepetible tormenta que cayó a partir del mediodía de ese 8 de agosto en Gipuzkoa.
Ese tema sigue saliendo a la palestra cuando dos grandes amigos como el propio Alcalá y Enrique Erentxun, miembro de Organizaciones Deportivas El Diario Vasco y organizador de la Clásica y de la Vuelta al País Vasco en esa época, se reencuentran para mantener viva la llama de su amistad. «No ha habido una tormenta como esa nunca más», le expresa Erentxun después de darse un cariñoso abrazo y antes de empezar a ponerse al día mientras disfrutan de una agradable comida en el Bar La Lonja de Pasaia.
Alcalá ha seguido las últimas etapas del pasado Tour de Francia a pie de carretera y ha aprovechado su estancia europea para hacer una parada obligatoria en Gipuzkoa. El lunes estuvo en Ordizia y se reencontró con Marino Lejarreta, Txomin Perurena y Abraham Olano y el sábado vivirá la Clásica San Sebastián in situ.
Se acuerda de la primera vez que pisó San Sebastián. «Me recibiste tú, Enrique, ¿te acuerdas? Llegué y me llevaste a comer al Portuetxe». Unos años después de ese primer encuentro cambió su residencia de Suiza al barrio donostiarra de Aiete y esa es otra razón por la que la Clásica de 1992 sea recordada. «Era como un donostiarra más y la victoria se la dediqué a la gente de aquí. En el País Vasco la gente conoce muy bien el ciclismo y el deporte, hay mucha afición y era un gusto no solo competir, sino también vivir aquí».
Para los que necesitan que se les refresque la memoria o para que los más jóvenes le conozcan más, Alcalá se define. «Era un corredor muy completo. Iba muy bien y rendía mucho en la contrarreloj. En la montaña era batallador y subía bien, más que los demás», apunta, añadiendo que «me sentía buen rodador, lo que me permitía competir en todas las carreteras». Preguntado por con qué corredores se puede asemejar o comparar por sus condiciones, el mexicano responde que «con Hinault en el pasado y con Pogacar ahora, que va muy bien en todo».
De su victoria en el Boulevard relata que «cuando salimos hacía mucho calor, era muy buen día, pero cuando entramos en Zumarraga el cielo se puso muy oscuro e hicimos 200 kilómetros bajo la lluvia hasta llegar a Jaizkibel (subiendo por Lezo), donde se sumó la niebla». Atacó bajando y logró sobre Claudio Chiappucci treinta segundos, pero según sus palabras, lo peor estaba por venir. «En los últimos veinte-veinticinco kilómetros, de vuelta a San Sebastián desde Hondarribia, se desató un viento de frente muy fuerte y no avanzábamos. Tuve que quitar el plato grande para mantener la ventaja y llegar a meta contra viento y marea». Ganó con una renta de un minuto y once segundos sobre el italiano, seguido en el mismo grupo de Eddy Bouwmans, Dmitri Konychev y Luc Roosen.
Sin embargo, no fue la primera vez que bailó sobre la lluvia. «A mí me encantaba, las mejores carreras las hacía con lluvia», sonríe. Las dos victorias de etapa que consiguió en el Tour de Francia son los dos grandes triunfos de su carrera. La primera fue en la tercera etapa de 1989 en un recorrido de 241 kilómetros entre Luxemburgo y Francorchamps y la segunda, en una contrarreloj ante el mismísimo Miguel Indurain.
Era la séptima etapa del Tour de 1990 y el pelotón afrontaba un esfuerzo individual de 61 kilómetros. El navarro marcó el mejor tiempo con 1h18:29, un registro difícil de batir por su poderío y porque empezó a llover sobre la carretera. Alcalá, sin embargo, con el asfalto mojado, mejoró en casi un minuto y medio la marca de Indurain y se llevó la victoria. Ante el asombro de sus compañeros de mesa mientras lo contaba, preguntó el mexicano: «¿Sabéis por qué me iba tan bien la lluvia? Yo usaba lentillas y la lluvia me ayudaba a tener el ojo húmedo, así que veía perfecto y no me afectaba en la visibilidad. La gente no quería salir en esas condiciones mientras a mí eran las que más me gustaban».
La Clásica San Sebastián, al igual que el ciclismo y los propios ciclistas, han cambiado mucho durante estos treinta años y en el caso de la carrera donostiarra que este sábado cumple su edición número 42 la novedad principal es la inclusión de varias cotas como Erlaitz, Arkale, Bordako Tontorra o Murgil Bidea después de coronar Jaizkibel. «Si antes ya de por sí ya era dura, imagínate ahora con las otras dos subidas», aunque apunta que «el kilometraje ha descendido y de carreras de 260 kilómetros se han pasado a 220 como mucho. Al fin y al cabo, es casi una hora menos de castigo para el cuerpo».
Añade que «las carreras de ahora se han caracterizado por hacer subidas cortas pero con mucha inclinación, muy duras. Los corredores son ahora más delgados, entre 60 y 65 kilos la mayoría». Sin embargo, hay unanimidad en la mesa en que uno más pesado, de casi 80 kilos, es «muy muy bueno». Hablamos evidentemente de Wout van Aert. «Tiene muchos seguidores porque tiene un carácter muy agradable, se presta para que la gente lo quiera», transmite Alcalá, quien le ha visto exhibirse de cerca en los Pirineos y espera verle no solo el sábado, sino también el año que viene. «Últimamente estoy viniendo mucho a San Sebastián y espero seguir viniendo más. El año que viene, con la salida del Tour en Euskadi, estaré por aquí desde una semana antes. No me lo voy a perder, se va a poner 'bastante bueno'», concluye.
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María Díaz y Álex Sánchez
Almudena Santos y Leticia Aróstegui
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